HISTORIA

Los costes y los precios de la pizarra


El material extraído tenía que pasar por varias fases hasta su colocación en las obras, todo un proceso que generaba costes añadidos repercutiendo en el gasto de la edificación. Las piezas tenían que ser abiertas y cortadas para adquirir una dimensión “normalizada”. Tenemos datos de comienzos del siglo XVII que nos informan de que hay pizarras grandes y pizarras pequeñas, pero no conocemos su medida con precisión. En la década de 1670 tenemos más información, sobre todo de los pesos de las pizarras que se envían a El Escorial para reparar los tejados destruidos en el incendio de 1671. Aquí observamos que las pizarras pesan por término medio algo más de un kilo por unidad.

A mediados del siglo XVIII sabemos que la pieza estándar se calibra en media vara de largo por un jeme de ancho. Esto quiere decir que aproximadamente el largo estaba en torno a los 42 cm (una vara son 836 mm), y el ancho entre 15-18 cm, mientras que el grueso se consideraba de medio dedo (unos 0,5 cm.). Dependiendo de la destreza del abridor-cortador la pizarra sería más homogénea, siempre teniendo en cuenta las características del material. Pero además, el cálculo final de los costes debía contar con el desplazamiento desde la cantera a la obra, aspecto muy importante porque, al ser un material muy pesado, el incremento era muy notable a medida que se alejaba de su origen. Por ello influía notablemente el peso de las mismas, que como decíamos superaban el kilogramo por unidad.

Las piezas de pizarra cortadas se liaban con sogas de esparto en paquetes o fardos. Estos se cargaban en mulas, burros o carretas. Si se efectuaba en carros, las pizarras se preparaban en cargaderos donde podían acercarse las carretas para proceder a su carga(20). Pero las pizarras estaban expuestas al traqueteo en los desplazamientos y por ello se prefería mulas para cargar las pizarras hacia las obras. Además eran más rápidas. Un viaje a Madrid en carreta de bueyes podía durar unos diez días, mientras que a lomo de mulas tardaban cuatro. En 1674 los responsables de la reparación de la cubierta de El Escorial reconocían que:

"aunque trayéndolo en carretas hubiera quien la trajera a más bajo precio, la experiencia ha mostrado ser más barato traerla en cabalgaduras a los precios referidos que en carretas a precios más bajos pues en ninguna cosa se verifica mejor lo que de lo barato es caro que en este caso porque como las carretas tienen que pasar los puertos de Guadarrama, con los golpes se quebranta mucho la pizarra y llega mucha quebrada y de esta se paga el porte como si llegara buena y de la que se recibe por entera se ha reconocido mucha pérdida porque al clavarlas los pizarreros, como están quebrantadas de los golpes de las carretas se quiebra mucha parte de ellas(21)"

 

El problema de la fragilidad era reconocido en las contratas, como se observa en los envíos de la pizarra a Uclés en 1604, donde se expone que no se penalizaría a los transportistas si las pizarras quebradas no rebasaban 30 por cada millar, es decir, un margen de pérdida del 3%. En las obras del convento de la Visitación de Madrid, a mediados del siglo XVIII, la mayor parte de los envíos se realiza con cargamentos a lomo y menos de un 25% se portea en carretas. Y de las más de 250.000 pizarras recibidas en 1755 solo se pierden el 1,3%.

El coste de la pizarra, en las primeras fases de las obras reales del siglo XVI, se calculaba en razón de la suma de todos los salarios y costes implicados en la explotación (salarios de trabajadores, materiales y herramientas, supervisión), a lo que había que añadir el transporte. De hecho, la petición de pizarras para la obra de la Casa de Diego Vargas se realiza con la condición de que la cuenta incluyera todos esos costes a cargo del secretario del rey. Sin embargo, durante el reinado de Felipe II ya se puso precio a la pizarra, que era de un cuartillo (8,5 maravedís) por pieza, lo que hacía que cada mil pizarras costaban 250 reales en origen, a lo que había que añadirse el coste del transporte(22). A comienzos del siglo XVII se realizan contratas de pizarra a 9 maravedís la pieza, un poco más del precio anterior(23). Este precio de cuartillo estaba vigente en 1673 cuando se recompuso el tejado de El Escorial, como se comprueba por las facturas y libramientos que se ejecutan (24).

Sin embargo, en un informe de 1711 se advierte que los años posteriores a la reparación del monasterio la excesiva oferta hundió los precios llegando a pagarse a 140 reales el millar de pizarras, precio que tuvieron las contratas para cubrir las Reales Caballerizas del Escorial, para volver a subir moderadamente a comienzos del siglo XVIII a 160 reales. Una orden de 1711 establecía el precio de las pizarras a 122 reales el millar, pero los administradores de las canteras expusieron que no podrían sacarlas a menos de 150 reales,

"respecto de la mucha costa y trabajo que tienen en el respectivo beneficio de las canteras con sus oficiales (25)"

 

En todo caso, la pizarra era un material caro para cubrir los tejados. En una muestra recogida para la reparación del tejado de El Escorial entre 1671 y 1674, en que se utilizaron más de 400.000 pizarras, el coste de cada pizarra en cantera ascendió a 8,5 maravedís, pero añadiendo el coste del transporte el precio final a pie de obra era el doble que en origen, algo más de medio real. Prácticamente el mismo precio que un siglo atrás estuvo vigente durante las obras de la edificación del monasterio. Para hacer una comparación con la teja, hay que decir que el precio de los contratos que figuran en El Escorial daban un precio a la teja de 25 reales el millar, es decir a menos de un maravedí la pieza.

Pero el elevado precio de la pizarra mostraba también la posición en una sociedad extremadamente jerarquizada. No es extraño pues que este material quedara como reflejo de la preeminen cia de aquellos que podían cubrir con ella sus mansiones y edificios: la Casa Real, la nobleza y la Iglesia, así como los poderes urbanos. También explica el argumento de que la mayor parte de las obras que solicitaban pizarra era para remates de los edificios, como las torres de las iglesias o los chapiteles, y en el siglo XVII obras reales como la del Buen Retiro, palacio que era la imagen de la monarquía, se empleara solo la pizarra en los chapiteles de las torres, en un marco constructivo dominado por el uso de materiales baratos.

 

(20) Los cargaderos se reseñan en las contratas que en 1627 se realizan para llevar material a la Fresneda.

(21) AHN, Consejos, leg. 17804, año 1674.

(22) AGP, Cª 13541.

(23) Ver por ejemplo la contrata con Juan García Barruelos para el cuarto de la Fresneda en 1627 AHPS, Prot. 7658, fs 182 y ss.

(24) AHN, Consejos, legs 17804 y 17805. Un real tiene 34 maravedís y un cuartillo suponen 8,5 maravedís.

(25) AGP, Patrimonio S. Ildefonso. Cª 13541.